Silvia Grases
Psicóloga. Psicoanalista.
Responsable del Servicio de Psicología
de la ACH
II Jornada de Actualización sobre la
Hemofilia. Barcelona, 13 de diciembre de 2010.
Psicología, psicoanálisis, subjetividad
y hemofilia
Si yo estuviera entre el público, me
haría una primera pregunta: ¿por qué interviene una
psicóloga en unas jornadas de actualización en hemofilia?,
¿qué tiene que ver la hemofilia con la psicología?
Si yo pienso en la mente como cerebro,
en los procesos cognitivos, de atención, de memoria,
la inteligencia,… efectivamente, hemofilia y psicología
no tendrían nada que ver.
Pero los psicólogos no solo se ocupan
de la mente, hay psicólogos que se ocupan de la mente
y de los procesos cognitivos, y hay psicólogos que nos
ocupamos del psiquismo y de los procesos psíquicos.
Y entonces resulta que hemofilia y psicología sí tienen
algo que ver. Porque entonces estamos en otro campo,
el campo del psiquismo, que es el campo del pensamiento,
las palabras, las emociones, las vivencias, las experiencias
y lo que significan para cada persona.
Situados en el campo de lo psíquico,
me puedo hacer otra pregunta: ¿Qué es la hemofilia para
un psicólogo? Y entonces sí les puedo responder: “Es
una inscripción subjetiva”. Este es el nombre técnico.
Para entendernos, es lo que una hemofilia significa
para una persona determinada, es su vivencia, personal
e intransferible, de su hemofilia.
Cualquier enfermedad, de hecho, cualquier
acontecimiento de la vida, tiene una inscripción subjetiva,
es decir, significa algo para alguien. La cuestión es
que ese significado es particular, no significa lo mismo,
igual, para todos. Puede ser muy diferente, o puede
ser incluso parecido, pero nunca es exactamente lo mismo.
Eso depende de cómo se inscriba ese
acontecimiento en la vida de esa persona y en ello se
juega la historia previa y la posición que cada persona
ha tomado en su vida.
Tal vez me dirán que aún no acaban
de entender qué es una inscripción subjetiva. Miren,
si yo pregunto “qué es la hemofilia” a un médico hematólogo,
uno que conozca la hemofilia, me dirá algo así como
“la hemofilia es una coagulopatía congénita de la sangre,
causada por el déficit de un factor de coagulación”.
Pero si yo le pregunto a Joan, puede que él me diga:
“la hemofilia para mí fue una carga, pero supuso
también un estímulo”. Y si le pregunto a Pedro,
puede que él me diga que la hemofilia es una debilidad,
y Tomás, por su parte dirá que la hemofilia es una prueba
a superar, y así sucesivamente.
Es como si yo cojo la “carta” hemofilia,
que es un acontecimiento, es una de las cartas que la
vida te reparte, y le doy la vuelta. Y entonces es cuando
realmente veo, en su reverso, qué palabras figuran,
y qué cadena asociativa conforman, e incluso, en qué
cadenas asociativas de esa persona, se insertan. Eso
son las inscripciones subjetivas.
Si los psicólogos que trabajamos en
el campo del psiquismo no conocemos eso, no podemos
operar. Somos psicoanalistas, es decir, psicólogos de
la subjetividad. Nuestro trabajo consiste en escuchar
lo que le sucede a una persona determinada, para acoger
su sufrimiento y para poder revelar esas inscripciones
subjetivas, suyas propias, y trabajar sobre ellas.
Esto es fundamental para la persona
que consulta, porque conoce alguna de las significaciones
de la hemofilia, pero no todas, ni como están conectadas.
Revelar esto será una parte del trabajo a realizar.
Por eso nuestra tarea empieza por escuchar las palabras
con las que cada persona expresa lo que le pasa.
Sobre el tratamiento por la palabra
Ahora bien, no se trata sólo de escuchar.
Se trata de escuchar de una manera determinada, y también
de intervenir de una manera determinada. Nuestro trabajo
consiste en un tratamiento por la palabra.
Les pongo en antecedentes.
Freud descubrió que nuestros actos
no se rigen estrictamente por la voluntad sino que están
determinados por el inconsciente.
El inconsciente ya era conocido antes
de Freud, a él habían hecho referencia filósofos, pensadores,
escritores. Pero lo que Freud descubre y eso era algo
totalmente inédito hasta ese momento, finales del siglo
XIX, es que el inconsciente está formado por cadenas
de palabras. Y además, que estas palabras toman significados
particulares para cada persona. Al igual que hemos visto
respecto a la palabra hemofilia, cualquier otra palabra
toma un valor personal, particular, el que cada persona
le confiere, y que está en la base del malentendido
constante de la comunicación: “Yo dije tal cosa, pero
fulanito pensó que decía tal otra, o no entendió lo
que yo quería decir”.
Recordemos aquí los versos del poeta
catalán Miquel Martí i Pol:
Nosaltres, ben mirat,
no sóm més que paraules,
ordenades, si voleu,
amb altiva arquitectura
Esta arquitectura a la que se refiere
el poeta es la estructura del edificio, en este caso
la estructura del inconsciente. El inconsciente se rige
por unas leyes lógicas, que afectan a las relaciones
entre las palabras.
Posteriormente, el Dr. Jacques Lacan
partió de estas bases freudianas y tomó elementos de
la lingüística estructural, para mostrar que el inconsciente
está estructurado como un lenguaje. Vamos a dejar que
nos acompañen mientras algunas imágenes de la obra del
escultor Jaume Plensa. Se trata de un artista que explora
en su obra la incidencia de la letra sobre el cuerpo,
es decir, él remite directamente a la letra como significante
que marca el cuerpo, lo que nos hace humanos.
Lacan mostró que el inconsciente es
una estructura formada por palabras. Es la misma idea
freudiana, pero dando un paso adelante, pues ahora puede
nombrar las palabras como significantes, gracias a su
encuentro con la lingüística y los descubrimientos de
Saussure (que descompone la palabra en su relación entre
significado y significante) y de Jakobson, lo que permite
analizar y entender mejor la palabra como un objeto
de estudio.
Estos descubrimientos permiten afinar
mejor el instrumento psicoanalítico, tienen aplicaciones
directas en la técnica psicoanalítica, en la aplicación
terapéutica, ya que nuestro instrumento de trabajo es
la palabra.
Creo que esto también permite entender
que no en cualquier lugar que uno vaya a hablar se produce
un trabajo terapéutico en profundidad. Para ello es
una condición sine qua non conocer la estructura
del inconsciente, de sus leyes lógicas, de la palabra,
de la formación de cadenas asociativas, además de muchos
otros elementos en los que no voy a entrar para no alargarme.
Pero sí es importante destacar la rigurosidad con la
que se opera este tratamiento por la palabra para que
no se trate de charlatanería o de simple sugestión.
No solo un cuerpo
Quiero referirme ahora al título que
he elegido para esta conferencia, “No solo un cuerpo”.
He elegido este título por una razón fundamental: sucede
que cuando un niño es diagnosticado de hemofilia, su
cuerpo pasa al primer plano, a veces al único plano.
Lo urgente es ocuparse del cuerpo, de la enfermedad.
Y, efectivamente, hay que hacerlo. Pero, no hemos de
olvidar que ese cuerpo está habitado por un niño, un
sujeto que siente y que piensa, que va a registrar la
hemofilia y las intervenciones en su cuerpo a través
de sus propias experiencias. Es importante que esto
lo tengan presente los padres, pero también los sanitarios,
médicos, enfermeros, psicólogos, que tratamos con ese
niño y con esa familia. Porque entre todos hemos de
poder brindar las condiciones para acompañar al niño,
o al adulto, en su elaboración de eso que le ha pasado.
Y además, hemos de tener presente que a los padres también
les ha pasado, el diagnóstico de hemofilia les toca
de lleno, y el primer efecto es que desmonta las expectativas
fantaseadas sobre ese hijo y rompe el esquema de vida
que se habían imaginado.
Eso que ha pasado es la hemofilia,
y podemos pensarlo como un acontecimiento “traumático”.
Un “trauma”, lo que eso realmente significa, en términos
psíquicos, es una ruptura, es un suceso que sobrepasa
al sujeto, porque no tiene palabras suficientes para
nombrar eso, o porque literalmente, se queda sin palabras.
Pero por eso mismo, los traumas no tienen por qué ser
indelebles, cuando es posible ir encontrando las palabras.
Esto es válido para cualquier persona y circunstancia,
ante cualquier acontecimiento “traumático” de la vida,
ya sea el diagnóstico de una enfermedad, la hemofilia,
el VIH, el VHC, un cáncer, una diabetes, etc… o cualquier
otro acontecimiento vital, la muerte de un ser querido,
una separación, un despido del trabajo,…
Hay otro aspecto fundamental a destacar
respecto al diagnóstico de hemofilia y el psiquismo.
La infancia es un periodo de la vida en el que el niño
va a hacer multitud de adquisiciones. El motor que impulsa
al niño en ese tiempo es el juego, que en realidad consiste
en una labor de investigación del mundo y de adquisición
de experiencias y conocimientos. El juego incluye cualquier
iniciativa experiencial del niño, ya sea chuparse el
pulgar, lanzar un objeto, tirarse él mismo, untarse
con papilla, saltar, correr. Lo que tienen en común
todas estas acciones es que el niño experimenta placer,
por eso las repite. Y al mismo tiempo, descubre cosas,
y esto despierta su curiosidad. Que se de este pasaje,
del placer a la curiosidad, es fundamental para que
el juego no quede, a la larga, como una mera actividad
de repetición y sin sentido, sino que signifique realmente
una experiencia en la que el niño aprenda. Precisamente
la curiosidad será la condición fundamental para afrontar
después la escolaridad.
Pero, ¿qué sucede cuando hay un diagnóstico
de hemofilia? Los padres acaban de recibir una noticia
que les alerta sobre la fragilidad de su hijo. Inmediatamente,
hay algo que cambia en la mirada. Puede que algunas
cosas ya no se vean igual antes y después del diagnóstico.
El niño se mueve, juega y explora el mundo. Pero ahora
los padres pueden ver a un niño movido, nervioso, demasiado
activo. Puede que ahora sientan miedo, o que simplemente
deseen que esté quieto.
Ante esto, es lógico que los padres
opten por proteger más al niño, y de hecho han de tomar
algunas precauciones. Pero, para que estas precauciones
no limiten al niño más de lo necesario, vale la pena
preguntarse qué ha cambiado en la manera de ver al hijo,
y plantearse decidir como cuidarlo: ¿lo haría igual
antes? ¿el cambio está justificado por la hemofilia?
¿o es desproporcionado?, ¿lo hago por él, para protegerlo?
¿o lo hago por mi, para calmar mi propia angustia?,
¿puedo hacerlo de otra manera?, ¿lo ayudo así?
No hay una manera de hacer que sea
la ideal, cada padre, cada madre, cada niño, ha de encontrar
la suya. Pero sí hay maneras que limitan más o menos,
y eso hay que pensarlo. Hay que tener presente que la
infancia es un tiempo de adquisiciones fundamentales
para que el niño se construya a sí mismo como un sujeto
de pleno derecho. Estas adquisiciones tienen unos tiempos,
pueden darse dentro de unos tiempos. Estos tiempos son
algo flexibles, pero están. Es como sucede con el aprendizaje
del inglés o de cualquier lengua extranjera: se puede
aprender de adulto, pero nunca será lo mismo.
Esto no ha de alarmar, los padres también
tienen que tomarse su tiempo para pensar el diagnóstico,
tienen que hacer su propia elaboración, y mientras,
sí, la angustia puede ganar terreno. Y no se trata de
correr a estar bien, porque sabemos que se trata de
un proceso y requiere el tiempo que a cada uno le haga
falta. El punto determinante, el que gira la cuestión,
es poder tomar, cada uno, su responsabilidad subjetiva,
es decir, tomar la responsabilidad de pensar. De hecho,
lo que más ayuda a un niño no es ver a su padre o a
su madre “como si nada hubiera pasado”, porque además
no es verdad, sino comprobar que sí que pasa y que sí
que duele, pero que se puede soportar, que se puede
vivir con ello. |